Una madre siempre conoce a su hijo y más cuando es una leona

Madre de Calixto García Íñiguez, General de las tres guerras, la vida de Lucía Iñiguez Landín (Diciembre 1819- Mayo 1906) estuvo matizada de numerosas anécdotas que ponen de relieve su temperamento, retratándola como una mujer de coraje con un temple a toda prueba.

El 5 de mayo de 1870 se encuentra en la manigua sin protección de tropa cubana cuando es apresada en unión de sus hijos por una avanzada española en un lugar conocido por Canoa de la India (Aguas Verdes). Entre sus hijos iba Nicolás, adolescente de 15 años a quien viste de mujer para evitarle la prisión y seguramente la muerte, el oficial que manda la tropa sospecha la estratagema y se le acerca manifestándole sus dudas con respecto al sexo de la presunta joven y Lucía le responde: ¡Si, es varón! ¡Es mi hijo que traigo del campo mambí! ¡Si usted me descubre probará que desconoce el santo amor de madre, si guarda el secreto será el primer caballero del Ejército Español!

En el mes de septiembre de 1874 la visita un o cial del Ejército Español, para comunicarle la captura de su hijo Calixto García en la escaramuza de San Antonio de Baja, cerca de Manzanillo. Al conocer la noticia Lucía responde: No es que dude de usted, general, pero yo no puedo creer que mi hijo haya caído ni caerá jamás prisionero de las tropas españolas. ¡Calixto es mi hijo, y por lo tanto no debe rendirse!

El o cial muestra a Lucía un papel donde aparecía escrito que el cabecilla insurrecto Calixto García antes de caer prisionero pre rió suicidarse disparándose un balazo debajo de la barba. Lucía contesta: Entonces ese si es mi hijo muerto antes que rendido.

Llegada la paz y muerto el hijo la anciana regresa a su ciudad natal en medio de estrecheces económicas. Su presencia causaba a los vecinos del lugar donde residía admiración y despertaba simpatías. Por esa época la visita un enviado del presidente Tomás Estrada Palma, que le trae un nombramiento de Inspectora de Montes. La patriota cubana de 85 años argumenta que ella está vieja y con muy poca salud para trabajar. El oficial insiste en que no tenía necesidad de realizar el trabajo, pues de todas formas el gobierno le pagaría.

Lucía Iñiguez comprendió que se trataba de una prebenda con la cual el gobierno trataba en forma incorrecta de socorrerla. Por lo que se irguió y devolvió el nombramiento, expresando que cobrar un sueldo sin trabajar era robarle al Estado, dándole así una lección de dignidad y honradez al enviado del gobierno.

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