El exilio histórico cubano

DCA05 MIAMI (ESTADOS UNIDOS), 20/07/2015.- Varias personas participan en una manifestación contra el restablecimiento de las relaciones diplomáticas entre Cuba y EE.UU., en Miami, Florida, Estados Unidos, hoy, lunes 20 de julio de 2015. Ambos países abren hoy embajadas en las respectivas capitales después de medio siglo de enemistad, un hito que el canciller cubano, Bruno Rodríguez, marcará con una visita histórica a Washington y una reunión con su homólogo John Kerry. Tras oponerse sin éxito a la normalización de relaciones diplomáticas con La Habana, el exilio cubano teme ahora la llegada de cambios legales que pongan fin a sus privilegios migratorios en Estados Unidos. EFE/Cristobal Herrera

Cuando el hacha de 1959 partió en dos el tronco de la nación cubana, la mayor parte del pueblo se dejó llevar por la palabra del líder rebelde. Luego, al ver que Fidel Castro se daba a la tarea de confiscar propiedades ajenas y destruir las bases de la república, muchos de quienes le habían ofrecido su apoyo se sintieron traicionados y se enfrentaron al nuevo gobernante. Estaban, sin embargo, llamados a perder. La mayoría comprendió bien pronto que no podrían cambiar el curso de la historia y empezó a irse del país. Otros optaron por la resistencia armada, que los condujo a la cárcel, cuando no a la muerte. Tras la prisión, éstos también marchaban al exilio. Los que abandonan son siempre minoría, y la de los llamados “apátridas” fue sistemáticamente repudiada por muchos de los cubanos que permanecían en la Isla y apoyaban a la revolución. Desde entonces, el éxodo continúa, aun cuando han cambiado las motivaciones y el origen social de quien se va. Poco a poco, sin embargo, la vida ha ido situando las cosas en su sitio, dando a la razón a aquellos primeros hombres y mujeres que en su día vislumbraron el futuro de la Isla y prefirieron el exilio.

El país al que llegaron con lo poco –o lo mucho- que pudieron salvar del desastre, les brindó la posibilidad de rehacer sus vidas. Se marcharon de Cuba con su fracaso a cuestas. Se fueron; pero se llevaron consigo mucho de lo bueno de su patria. En sus maletas iba seguramente poca ropa, pero tenían el pecho lleno de sentimientos, de amor por Cuba, de tradiciones y recuerdos. Se instalaron en el sur de la Florida, en Nueva Jersey y en algunas otras zonas de los EEUU y se dedicaron a trabajar, a luchar por sacar adelante a sus familias. Lavaron platos, limpiaron pisos; pero pronto prosperaron. Construyeron una ciudad que debió haberse levantado en Cuba, educaron a sus hijos en el amor y la nostalgia por la Isla y mantuvieron viva la llama del odio a quienes les arrebataron su tierra, el país donde nacieron y en el que habían vivido y trabajado durante buena parte de su vida. Sus hijos son hoy en día médicos, abogados, banqueros o congresistas en su nueva patria. Muchos de ellos conservan nuestra lengua y la trasmiten a sus propios hijos como un preciado patrimonio que los mantiene unidos a las costumbres y tradiciones de su antiguo país, un país que existe sólo en su memoria o en su imaginación.

Entiendo que las nuevas generaciones de cubanos los miren como a seres prehistóricos; pero ¿acaso no son dignos de un poco de comprensión? No hablo ya de compartir sus puntos de vista o su ideario. Sé que es imposible. Ellos –los que quedan vivos- forman parte de un mundo completamente extinto, de algo que se llamó Cuba; pero que no es la Cuba que todos conocen, sino la “de antes”, un país ya desaparecido, mejor y peor al mismo tiempo, un país que fue y que se fue, como nuestros mayores…, y que nadie jamás podrá resucitar. Quienes han nacido y crecido en la Isla actual no serán nunca como esos cubanos de otros tiempos. Los de ahora son –somos- el fruto de otra educación, de valores morales diferentes. ¿No podríamos, al menos, entender la dimensión de la pérdida de esos viejos patriotas, el drama que significó para ellos la desaparición de su mundo, del país en el que habían pensado vivir hasta el fin de sus días? ¿No es posible hacer un esfuerzo e imaginar las dificultades que atravesaron hasta llegar a los EEUU y levantarse allí de su derrota y su naufragio general? ¿Sería tan difícil reconocer que fueron ellos, los vencidos de entonces, quienes terminaron por triunfar en la vida?

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