De Nuestra Historia: Terror en La Cabaña

Fernando Díaz Villanueva, libertaddigital.com (fragmentos)

San Carlos de La Cabaña era una fortaleza portentosa, la más grande que España había levantado en tierras americanas. Era impenetrable. Ocupaba diez hectáreas. Sus muros medían 700 metros de largo por 250 de ancho y estaban diseñados para soportar grandes cargas artilleras desde el mar y desde tierra. […]

Dos siglos de plácida vida castrense se vieron interrumpidos la madrugada del 3 de enero de 1959, cuando uno de los barbudos de Sierra Maestra, el argentino Ernesto Guevara de la Serna, conocido por los rebeldes como el Che, franqueó su puerta principal a bordo de un Chevrolet de color verde.

fusilamientoA pesar de su juventud, Guevara era ya una leyenda viva entre los cubanos. Días antes de su llegada a La Habana había conseguido derrotar al ejército regular en Santa Clara, una ciudad del centro de la isla. La victoria rebelde, que gozó de un gran aparato propagandístico, dio la vuelta al mundo. Era el hombre del momento, la imagen juvenil y provocadora de la vibrante revolución cubana.

[…] El viejo bastión español era el emplazamiento idóneo para ajustar cuentas. Estaba en la capital, pero a una distancia prudencial del centro. Disponía, además, de dependencias adecuadas para servir, a un tiempo, de cárcel, de tribunal y de cadalso.Y,sobretodo,nodejabadeseruncuartel,porloque nadie se quejaría si, en su interior, los militares despachaban sus asuntos en privado.

Guevara, que no era militar sino estudiante de Medicina metido a guerrillero, traía de la sierra una merecida fama de ser riguroso e intransigente con los malos, es decir, con los que oponían a la revolución. […] Él, que era un lego absoluto en cuestiones jurídicas y cuyo rango militar –el de comandante– era pura cción revolucionaria. Tras haber cosechado su portada, el argentino se dispuso a juzgar a la cúpula militar de la dictadura.

Los juicios, todos sumarios, comenzaron poco después. No eran juicios propiamente dichos, sino farsas procesales extremadamente rápidas que terminaban siempre con la condena a muerte del acusado. Las penas se aplicaban en la misma fortaleza, en uno de sus fosos, contra los centenarios muros de La Cabaña que todavía hoy guardan, en forma de agujero, el recuerdo de las balas que marraron su objetivo. Serían esos los primeros disparos que recibieron esos muros desde que fueron levantados.

Guevara carecía de conocimientos, siquiera básicos, de derecho, así que le enviaron un equipo de asesores legales para que el tribunal mantuviese, aunque fuese levemente, las formas jurídicas. Los asesores pusieron algunas pegas al expeditivo proceder del revolucionario. Pero el Che no estaba para formalismos burgueses. A uno de ellos, el abogado Miguel Ángel Duque Estrada, le dejó dicho: No hace falta hacer muchas averiguaciones para fusilar a uno. Lo que hay que saber es si es necesario fusilarlo. Nada más.

Sin saberlo, el Che entroncaba con la tradición jurídica bolchevique, una tradición perversa que consistía en dinamitar desde los cimientos las garantías procesales. “No hay que equivocarse en esto. Nuestra misión es hacer la revolución, y debemos empezar por las garantías procesales mismas”, le dijo a Duque Estrada en cierta ocasión. José Vilasuso, otro de los letrados testigos de aquella matanza por entregas, recordaba las palabras que el comandante les dirigía: No demoren las causas, esto es una revolución, no usen métodos legales burgueses, las pruebas son secundarias. Hay que proceder por convicción. Son una pandilla de criminales fanáticos.

[…] A pesar de las precauciones, las ejecuciones de La Cabaña terminaron por saltar a los periódicos. Tras sus muros no sólo estaban ajusticiando a o ciales con delitos de sangre probados, sino a cualquiera; de hecho, lo normal es que los condenados fuesen simples infelices, ya que los altos mandos del ejército batistiano hacía tiempo que habían abandonado la isla. Castro tomó cartas en el asunto, pero no para frenar la matanza, sino para azuzarla. En un mitin multitudinario frente al palacio presidencial, pidió a los congregados que votasen a mano alzada si querían que se continuase con los juicios populares, eufemismo con el que habían bautizado aquellas ridículas farsas presididas por Guevara. La muchedumbre levantó el brazo al unísono.

El Che, complacido por el espontáneo refrendo de la masa revolucionaria, continuó con sus labores. El derecho romano desapareció por completo en las diez hectáreas del fuerte. Suprimieron el habeas corpus y pasó a aplicarse la llamada “ley de la sierra”, según la cual había que juzgar sin consideración de principios jurídicos generales. La declaración del fiscal, oficial investigador en la terminología revolucionaria, constituía una prueba irrefutable y era el paso previo a la condena definitiva, sobre la que no cabía apelación. Acto seguido, el expediente pasaba al despacho del comandante, que lo formaba sin pestañear, básicamente porque ni siquiera los miraba.

Entre los meses de enero y marzo de 1959, Ernesto Guevara de la Serna no hizo otra cosa más que firmar sentencias de muerte, unas veinte diarias, 1.892 en total. La gran mayoría de los condenados eran inocentes, y de entre los culpables ninguno cometió un delito tan grave que justificase una pena semejante.

Una vez dio por concluido su trabajo en La Cabaña, la revolución premió a Guevara con la presidencia del Banco Nacional de Cuba. Allí perpetró otra atrocidad, aunque esta vez de índole económica. Hoy Cuba sigue siendo un país comunista, y por esa razón el escenario del crimen, el fuerte de San Carlos de La Cabaña, es un museo dedicado al Che.

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