Cuatro generaciones sin cambios en Cuba

OPINIÓN ESCRITA

Cuba cerró el año 2015 con una población de 11.239.004 habitantes, de los cuales el 19,4% nació en o antes de 1955. De ellos, una buena parte eran niños o adolescentes en enero de 1959. Si a estos 2.180.366 cubanos sumamos los nacidos entre los años 1956 y 1959, nos percatamos que de los cubanos que en enero de 1959 dieron su apoyo a la revolución fidelísta quedan con vida, si acaso, unos cientos de miles de jubilados, achacosos, frustrados y llenos de resabios.

Si descontamos, por supuesto, a los menores de edad que asistían entre asustados y extasiados a la entrada triunfal del ejército rebelde en La Habana y que hoy peinan canas, el número de cubanos que según el régimen votó por la revolución en 1959 y más tarde en el año 1961 por el socialismo, no llega al 20%. Pensar que el total de esos ancianos sigue apoyando hoy lo que fue su revolución, es burlarse del sentido común.

Entonces, ¿de dónde le viene al castrismo su capacidad de reciclarse de generación en generación, embaucando a unos y comprando a otros? Un poco se debe al carisma indiscutible de Fidel Castro. Su verborrea incontenible, llena de fanfarronadas, promesas y elucubraciones apocalípticas, contribuyeron a crearle un aura de héroe mítico que, a pesar de los múltiples fracasos y las profecías incumplidas, permaneció incorporado a la vida de los cubanos como un mal crónico que solo ahora, cuando su deteriorada imagen personifica el deterioro de la propia revolución, parece llegar a su fin.

Ni atentados ni potencias amigas caídas en desgracia, ni embargos ni invasiones: el propio caudillo ha destruido su imagen porque vivió demasiado, no se retiró a tiempo y se le acumularon los incumplimientos, las poses dejaron de impresionar, y de pronto todo el mundo lo ve en su verdadera dimensión, como un anciano desgastado y enfermo, responsable del sufrimiento de su pueblo y sin voluntad para reconocerlo porque el ego en él es demasiado. Ahora se complace en recibir visitantes curiosos y repetir el mismo discurso anticapitalista que nadie escucha.

La revolución, que envejeció con su líder, ya perdió la capacidad de reciclarse, y la  apatía y la simulación sustituyen al fervor revolucionario capaz de convertir los reveses en victorias o al menos creerlo. Los nacidos dentro de la revolución, el 80% de la población de la Isla, no están identificados con los barbudos de la Sierra Maestra, y solo por referencia conocen de Girón y la Crisis de Octubre. La intervención de las tropas cubana en la guerra de Angola y la exportación de guerrillas a Latinoamérica carecen de sentido para una población joven que canta mal el himno nacional, pre ere el fútbol a la pelota y definitivamente no les interesa ser como el Che.

Una población envejecida, pero a la vez nueva, merece su oportunidad de escoger el tipo de país que pre eren, y no aceptar servilmente el que les fue impuesto hace casi 60 años, cuando la mayor parte de ella no había nacido. Igualmente, tampoco está obligada a seguir a un partido político fracasado en sus propósitos y autoerigido guía supremo y eterno del destino de los cubanos.

Los cubanos de 2016 no conocen de una URSS nuclear y amamantadora de caudillos derrochadores y utópicos, y hoy asisten a un mundo donde Rusia, China y Vietnam son países capitalistas. La otrora empobrecida América Latina nos envía ayuda y nos compra servicios médicos; el santo padre de la Iglesia Católica Romana es un argentino; el presidente de la nación más poderosa del planeta es negro y, para colmo, se declara amigo de Cuba, nos visita y le estrecha la mano al representante de la dictadura que convirtió el derrotar a EEUU en su razón de vivir, llegando al extremo de la amenaza atómica.

Definitivamente, los gobernantes cubanos y su sistema político y económico no tienen nada que ver con la realidad del mundo y del pueblo cubano del siglo XXI. Una vez más, Cuba se queda atrás en la historia de los cambios. Fue el último país del continente en liberarse del colonialismo español y ahora le disputa encarnizadamente a Corea del Norte el título de último reducto del comunismo.

Una constitución que acoja los Pactos Sobre Derechos Civiles, Políticos y Económicos de las Naciones Unidas y la promulgación de leyes complementarias sería lo primero que tendrían que hacer los gobernantes para abrir Cuba al mundo y a esa inmensa mayoría de cubanos que no creen en las bondades del comunismo, bondades que nunca nadie conoció.

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