‘Arrasar con lo que aparezca’, el plan para una semana en un hotel de Varadero

Por Frank Correa, diariodecuba.com

Genaro López da vueltas en la cama sin poder dormir, amasando un plan. Son la 5:00 de la mañana y en dos horas estará enfilando con su familia al punto donde un ómnibus Yutong los recogerá para llevarlos a la realización de un sueño: una semana de vacaciones en Varadero.

La agencia de reservaciones les dio ofertas: desde hoteles en el centro de La Habana hasta otros cerca de un río o del mar, en puntos alejados de las ciudades. Eligieron “la mejor playa del mundo”.

“Si vamos a gastar un dineral, que sea allí”, dijo Yelsa, su esposa, al salir de la agencia de viajes.

Genaro invirtió “una fortuna” en esta semana de hotel. Estuvo todo el año restringiendo los gastos para alcanzar los 500 CUC que costaba “la gracia de Varadero”, sin sumar el transporte y otras sangrías que se mueven alrededor de un viaje. Reconoce que, sin la ayuda de su hermano de Miami, que le envió los 100 que faltaban, no hubiera podido lograrlo.

Es la primera vez que irán a un hotel y la expectación es grande. Casi nadie ha dormido. Genaro da otra vuelta en la cama y cree tener su plan listo: “arrasar con lo que aparezca y compensar los gastos”. Platos, vasos, portavasos, cubiertos, toallas, jabones, papel sanitario, “la vela y el diablo”. Porque a Genaro todo eso le hace falta y no puede comprarlo con su salario.

Dice que hace poco fue a comprar un cuchillo a la tienda y costaba ¡ocho CUC! Un tercio de lo que gana de operador en la fábrica del vidrio de La Lisa. “Además, no podía tocar un centavo de ‘la semana'”. Confiesa que en la casa hay cinco platos, uno para cada miembro de la familia. “Y los cuidamos como oro”. Hay cuatro vasos plásticos, “porque los niños rompen los de cristal”. Genaro come de último, para tomar agua en el primer vaso desocupado.

Tienen las cucharas y los tenedores exactos, pero no hay cuchillos. Eso intentará suplirlo en este viaje.

Además, disfrutará del aire acondicionado y la playa “a unos pasos, no en la lejana Jaimanitas, a nueve kilómetros de la casa, con su retahíla de locos y borrachos y el tormentoso regreso en un ómnibus 40 lleno hasta el chasis”.

En Varadero el agua la tendrá tan cerca que podrá olerla desde la cama. Su mujer no va a cocinar en siete días. La penuria y la escasez serán un mal recuerdo. Todo eso lo piensa en su desvelo oscuro, acostado boca arriba con las piernas rectas, para no tapar el aire del único ventilador del cuarto.

Duerme con su mujer y con los niños. En sus vueltas durante la noche ha andado todo el hotel sin conocerlo todavía. Hurgando. El maletín adicional que llevan para el “arrase” ya lo tiene repleto en su mente.

Yelsa también tiene su plan. Está identificada con su causa porque la sufre. Cree que las mujeres tienen más tacto que los hombres en eso de “resolver”.

“Porque sabemos lo que de verdad hace falta. Hay que coger una toalla, un vaso y un juego de cubiertos diarios. Y cada tres días una sábana. Así no se levantan sospechas. En el restaurante hay mesa sueca. Cargaremos sin mirar para los lados. Quisiera traer para la casa un mantel, un espejo, una lámpara y un cuadro”.

Es de día y ya todos se han alistado para lo que llaman “la semana”. Tal vez los niños tienen su propio plan, pero no lo comentan. Llegan al punto de salida en 5ta y 110, y Genaro se asombra al encontrarse a decenas de familias, que van como ellos, voraces. Una real y fiera lucha contra “los bienes del Estado”, ese que los esquilma con salarios míseros y precios tan altos.

 

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