Alberto Yarini y Ponce de León

A más de un siglo de su muerte, es uno de los personajes más famosos de La Habana, su figura es objeto de controversias, de admiración, de investigaciones, de desdén, sobre todo entre los habaneros de más edad. Pero ¿Quién fue Alberto Manuel Francisco Yarini y Ponce de León? Nació en el seno de una familia adinerada, representativa de la clase alta habanera. Estudió en las mejores escuelas de la ciudad y de EEUU, pero no continuó la tradición familiar de hacer carreras vinculadas con la salud. No tenía una estatura apreciable (apenas 5 pies y 6 pulgadas), ni una corpulencia temible (unos 60 kg. de peso corporal), sin embargo, por su florida elocuencia, su elegancia, su talante valiente que no conocía miedos, y sus exaltadas capacidades y habilidades amatorias, Alberto Yarini y Ponce de León Por L.Calvo – www.ciuhavana.com Alberto Yarini llegó a ser el proxeneta más popular y reverenciado de la Habana de principios del siglo XX.

Era tanto el respeto y la admiración por este controvertido ser, que el laureado escritor Alejo Carpentier contaba que cuando Alberto Yarini paseaba con un hermoso (y costoso) corcel por la calle Obispo, “todos, hombres y mujeres, salían a la puerta de los establecimientos para verlo pasar”, y nuestro famosísimo compositor Sindo Garay compuso para él la canción titulada “Nada temas, la vida te sonríe”. Cortejaba (evidentemente con mucho éxito) a mujeres casadas con hombres poderosos y acaudalados, para como decimos en buen cubano, “rayarles la pintura”. Se dice que pertenecía a la sociedad secreta Abakuá, que era desprendido y manirroto ⎯esto quiere decir que despilfarraba⎯ con el dinero que le proporcionaban sus “pupilas”, y que aunque tenía enemigos, sobre todo entre los proxenetas extranjeros (que igualmente proliferaban en La Habana), jamás tuvo quien cuidara sus espaldas.

Una deslumbrante cortesana francesa, conocida en el ambiente como “La Petite Berthe”, fue la causa de la muerte del “gallo” del barrio de San Isidro, el rey de los chulos habaneros, quien cayó en una cobarde emboscada el 21 de noviembre de 1910. Unas diez mil personas pasaron ante su cadáver ⎯cuando en toda la Isla vivían unos dos millones de personas⎯ durante el velatorio, siendo también su entierro multitudinario. Sus restos descansan desde entonces en el panteón familiar en la Necrópolis de Colón, y más de un siglo después, manos anónimas aún depositan allí trabajos de santería y ramos de flores.

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